¿Qué se gana aprendiendo matemáticas?

Es muy frecuente que uno se pregunte a lo largo de su vida por qué hay que estudiar matemáticas. En el caso de los estudiantes de Primaria y Secundaria la pregunta es más bien retórica, puesto que las temidas mates son una materia obligada. En consecuencia, su utilidad queda envuelta en una incómoda atmósfera de misterio.

Una pregunta más productiva sería qué gana uno al estudiar matemáticas. Pero tampoco es fácil responder a esta pregunta, ya que existe un obstáculo insalvable: para saber realmente qué se gana aprendiendo matemáticas tendríamos que tener un clon de nosotros mismos. Nosotros estudiaríamos matemáticas durante los diez años de Primaria y ESO, mientras que los clones no. Al cabo de ese tiempo cada uno de nosotros se compararía con su clon anumérico y podría ver las consecuencias (supuestamente positivas) de tantas horas dedicadas a las mates.

Como este experimento es imposible solo podemos confiar en que los maestros de generaciones anteriores no se equivocaban al asegurar que estudiar matemáticas merece la pena.

De acuerdo, pero, ¿qué provecho voy a sacar de las matemáticas? ¿Son imprescindibles para tener un buen trabajo? En mi opinión, no. Conseguir un empleo satisfactorio depende de muchos factores (por ejemplo, los contactos que uno tenga). Por otro lado, todos conocemos profesionales de distintos campos que no saben resolver un simple problema algebraico.

En este sentido, Albrecht Beutelspacher, director del museo Mathematikum de Gießen (Alemania), recuerda en su libro Matemáticas: 101 preguntas fundamentales que en 1995 el periódico alemán Bild difundió —si bien de forma exagerada— que, de acuerdo con un estudio científico, siete años de matemáticas bastaban para las necesidades cotidianas, tales como hacer la compra semanal en el supermercado.

Y tampoco parece ser crucial ser un lince, a juzgar por el conocido estudio que Terezinha Nunes y colaboradores llevaron a cabo en 1993 con niños brasileños de clase obrera. El estudio mostró que a pesar de que estos niños sólo sabían resolver el 37% de los problemas aritméticos que les fueron planteados por escrito, sí eran capaces de resolver correctamente el 98% de esos mismos problemas cuando estos sucedían en un contexto real, concretamente durante su trabajo como vendedores callejeros. En pocas palabras, no sabían resolver ejercicios matemáticos formales, pero no se equivocaban con las cuentas.

Entonces, ¿por qué se dedica tanto tiempo en la ESO a estudiar matemáticas relativamente complejas si con lo aprendido en Primaria es suficiente (o incluso innecesario)? La respuesta la da el propio Beutelspacher:

Con las matemáticas aprendemos de una manera ejemplar lo que significa resolver problemas. Aprendemos a diferenciar lo relevante de lo irrelevante, a extraer la esencia del problema, a trabajarlo y, por último, a controlar si la solución obtenida resuelve bien el problema o no.

Ahí radica el beneficio. Puede que uno no necesite calcular derivadas en su trabajo futuro, pero seguro que se topa con numerosos problemas a lo largo de su vida. De ahí la importancia de entrenarse en resolverlos.

Por si conseguir esta habilidad fuera poco, la práctica de las matemáticas nos acostumbra a ver la realidad de otra forma, como si lleváramos unas gafas que nos muestran la esencia de lo que nos rodea y las diferentes relaciones entre los objetos de nuestro entorno.

[…] las matemáticas nos ayudan a ver el mundo porque nos permiten descubrir en él la belleza. […] Quien haya interiorizado el progreso regular que implica contar descubrirá estructuras similares en el mundo, desde pasos de cebra hasta hileras de platos apilados, o carros de la compra encajados entre sí.

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