El estudiante perezoso que escribió música sublime

Maurice Ravel (Ciboure, Labort, 7 de marzo de 1875-París, 28 de diciembre de 1937) fue un compositor francés del siglo XX, contemporáneo de otros célebres colegas, como Claude Debussy o Erik Satie.

No es el objeto de esta entrada hacer una reseña biográfica, ni mucho menos musical, de Ravel, pero sí es pertinente comentar en este blog que el famoso compositor fue de joven un estudiante dotado pero perezoso —una combinación que siempre me recuerda al viejuno eslogan comercial de una conocida marca de neumáticos: ‹‹la potencia sin control no sirve de nada››.

En medio de su apatía escolar, Ravel, no obstante, encontraba en las matemáticas un entretenimiento ocasional. Cuando, años más tarde, pudo dedicarse ya plenamente a la composición musical, comprendió la razón de que las mates le resultaran más soportables que el resto de materias:

[…] desde el primer minuto en que me consagré el estudio de la Composición, todo vino a demostrarme que mi verdadero camino iría en aquel sentido. ¡Hasta me entretenía! Lo que no es extraordinario después de todo, ya que mi interés por las matemáticas me llevaba directamente hacia el de la música. Me interesaba de tal manera que, holgazán inveterado como yo había sido hasta entonces, empecé a trabajar de noche tanto como de día, costumbre que, desgraciadamente para mi salud, ha persistido. […]

Es esperanzador saber que el indolente joven que fue Ravel pudiera convertirse, merced al estudio y al esfuerzo, en el autor de obras musicales tan sublimes e influyentes como Daphnis et Chloé, su célebre Boléro o el Concierto para piano y orquesta en sol mayor, cuyo segundo movimiento es una de mis piezas clásicas favoritas. En el siguiente video lo podemos escuchar interpretado al piano por el excéntrico virtuoso Arturo Benedetti Michelangeli bajo la batura del director rumano Sergiu Celibidache.

Pocas obras consiguen transmitir la placidez, la belleza y la tranquilidad que despierta esta breve pieza. Como señala el autor de este post, uno se pregunta, al escucharla, cómo puede haber maldad en este mundo si el ser humano es capaz de crear algo tan bello.

Hablando de belleza, este otro bloguero se pregunta si el compositor francés tuvo en cuenta la razón áurea al escribir el segundo movimiento de su concierto, concretamente al elegir la posición del clímax de la pieza en relación a su duración total.

Si bien parece cierto que algunos compositores han adecuado sus partituras a la razón áurea de forma deliberada,  ignoro si tal fue el caso de Ravel al concebir su maravilloso concierto. En cualquier caso, yo personalmente creo que su magia reside más allá de las matemáticas, por mucha belleza que estas encierren.

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